Un papá bajo anonimato me escribe...

Glorimar Ortega

4/14/20262 min read

Un papá bajo anonimato me escribe…

Un día le pregunté a una jugadora de voleibol superior por qué habían cambiado a su coach. Con mucha profesionalidad, prefirió no entrar en detalles. Sin embargo, mi curiosidad seguía presente, así que le hice otra pregunta: ¿Cómo fue tu experiencia con él? Su respuesta fue breve, pero poderosa: "Es muy suave para mi gusto." Esa contestación se quedó conmigo. Me llamó la atención, especialmente porque conozco personalmente a ese coach. Conozco su calibre, su trayectoria como atleta y como entrenador. No es alguien improvisado. Es alguien que sabe. Tiempo después, saliendo de un torneo en Estados Unidos, observé detenidamente el comportamiento de los entrenadores, su lenguaje corporal, la forma en que se dirigían a las jugadoras, la dinámica en el banco y no pude evitar comparar. La diferencia era marcada; Demasiado marcada. Y entonces surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Estamos acondicionando a nuestras jóvenes atletas a normalizar el maltrato? ¿Será que, culturalmente, hemos adoptado la creencia d e que la única manera en que una atleta puertorriqueña responde es a través del castigo, del grito, del señalamiento constante? Porque, aunque no siempre sea físico, el abuso verbal también deja huellas profundas. También me surge otra pregunta para los coaches: ¿De verdad creen que alguna jugadora entra a la cancha con la intención de hacerlo mal? Ninguna. Absolutamente ninguna. Cada jugadora entra con el deseo genuino de hacerlo bien, de aportar, de crecer. Y es ahí donde entra el verdadero rol del coach: no es castigar el error, es desarrollar el potencial. Cuando algo no sale bien, la responsabilidad no es aplastar, es reorganizar, recalibrar y devolver a la jugadora al control emocional y mental para que pueda ejecutar mejor en la próxima oportunidad. Hay algo que también debemos reprogramar: la percepción del banco. Salir del juego o estar en el banco no debe ser visto como un castigo. Al contrario, es una oportunidad. Es preparación. Es estar listo. En niveles como la NCAA, uno observa algo interesante: las jugadoras en el banco no están frustradas ni desconectadas. Están activas, comprometidas, listas. Porque entienden su rol dentro del equipo. El juego es simplemente la expresión de lo que se trabaja en práctica. Ahí es donde se corrige, donde se construye, donde se exige. Al juego se viene a jugar, se disfruta. Corregir constantemente en medio del juego muchas veces resulta infructuoso. Lo que sí es esencial es que las niñas y también los coaches aprendan a vivir el juego con enfoque, pero también con alegría. Porque si una atleta deja de disfrutar lo que ama ya estamos fallando. El voleibol, como cualquier deporte, es una herramienta poderosa de formación humana. No solo crea atletas, crea mujeres fuertes, seguras, resilientes. Pero eso depende del entorno que construyamos. Tenemos una gran responsabilidad como adultos, como coaches, como padres. No solo desarrollar talento, sino también proteger la salud emocional de nuestras jóvenes. La disciplina va de la mano con el respeto. La exigencia no necesita abuso. La excelencia no nace del miedo, nace de la confianza. Quizás es momento de hacernos una última pregunta: ¿Qué tipo de atletas queremos formar y a qué costo? Porque al final del día, el verdadero triunfo no está en el resultado de la puntuación sino está en la persona que ayudamos a construir.

- Anónimo