CARTA ABIERTA DE UN PADRE

Glorimar Ortega

8/13/20264 min read

Llegaron los tryouts... ¿otra vez vamos a barajar las mismas jugadoras?

Llegó nuevamente esa época del año: tryouts.

Y con ella vuelvo a ver la misma escena: niñas nerviosas tratando de encontrar dónde jugarán la próxima

temporada, padres haciendo llamadas y preguntando quién tiene espacio, familias evaluando clubes,

entrenadores y equipos... y jugadoras que hace apenas unos meses eran compañeras, ahora tratando de

encontrar dónde será su próximo lugar.

Y no puedo evitar preguntarme:

¿Tiene que ser así todos los años?

Porque, al final, somos prácticamente los mismos. Las niñas que este año jugaron 14U serán, en su

mayoría, las mismas que el próximo año estarán jugando 15U. No apareció de repente una generación

completamente nueva de voleibolistas.

Lo que muchas veces hacemos es barajar las mismas jugadoras. Unas cambian de club. Otras suben

o bajan de equipo. Algunas llegan. Otras se van. Y entonces comenzamos nuevamente a construir algo

que quizás tomó años desarrollar.

Y aquí es donde creo que vale la pena detenernos a reflexionar.

¿Qué estamos construyendo realmente con nuestros equipos?

Creo en competir. Creo en querer ganar. Creo en buscar talento, exigir excelencia y desarrollar atletas

capaces de jugar al nivel más alto posible.

Pero también creo que competir no necesariamente significa destruir para volver a construir.

Cuando tienes 10 o 12 niñas que llevan varias temporadas juntas, tienes mucho más que una lista de

jugadoras. Tienes niñas que aprendieron a conocerse. Una colocadora que sabe dónde su atacante quiere

la bola casi sin mirarla. Una jugadora que reconoce cuándo su compañera necesita que la levanten

emocionalmente. Un grupo que ya perdió junto, ganó junto, discutió, resolvió diferencias y aprendió a

confiar.

Eso tomó tiempo.

Y alrededor de ellas también ocurrió algo que pocas veces aparece en las estadísticas: se formaron

familias. Padres y madres que compartieron gradas, viajes, madrugadas, torneos, derrotas, campeonatos,

comidas después de los juegos y cientos de horas acompañando a sus hijas.

Se creó comunidad. Se creó identidad. Se creó pertenencia.

¿Eso no tiene también un valor deportivo?

  1. Quizás antes de desarmar un buen equipo deberíamos preguntarnos: ¿Qué necesita este grupo para dar

el próximo paso?

Tal vez no hay que cambiar seis jugadoras. Tal vez hay que encontrar una o dos piezas que faltan. Tal vez

hay que desarrollar mejor lo que ya tenemos. Tal vez el reto está en el entrenamiento, en la planificación,

en fortalecer determinadas posiciones o simplemente en permitir que un grupo continúe madurando junto.

Eso tampoco significa que una jugadora tenga su posición garantizada simplemente porque lleva años en

el club. Tiene que existir competencia. Hay que trabajar. Hay que mejorar. Hay que ganarse las

oportunidades.

Pero existe una diferencia entre competir por crecer dentro de un proyecto y sentir que cada agosto

todo vuelve a comenzar desde cero.

Y ahí llego a una pregunta que considero fundamental:

¿Cuál es la misión y la visión de nuestros clubes?

¿Existe? Y si existe... ¿la conocen los coaches? ¿La conocen las jugadoras? ¿La conocen los padres?

¿Se habla de ella al comenzar cada temporada?

Porque la misión y la visión de un club no deberían ser simplemente un párrafo bonito en una página de

internet. Deberían ser la brújula para tomar decisiones.

Y tampoco todos los clubes tienen que pensar igual. Si la visión de un club es construir equipos de máximo

rendimiento y hacer cada año todos los cambios necesarios para intentar ganar, está bien. Que lo diga.

Si otro club cree en desarrollar atletas a largo plazo, mantener núcleos de equipos, fortalecer el sentido de

familia y crear continuidad mientras sigue buscando competir al máximo nivel, también está bien. Que lo

diga.

Entonces cada familia puede preguntarse: ¿Es este el proyecto que quiero para mi hija? Y cada atleta

puede decidir: ¿Son estos los colores que quiero representar?

Quizás si comenzamos por ahí también veremos algo que me parece que hemos ido perdiendo: la

fidelidad y el sentido de pertenencia hacia los clubes.

Imaginen lo que significa que una niña pueda decir: “Este es mi club. Aquí crecí. Aquí me desarrollaron.

Aquí creyeron en mí.”

Imaginen equipos que lleguen a 16U o 17U y puedan mirar hacia atrás y reconocer que muchas de esas

niñas comenzaron juntas años antes.

Claro que habrá cambios. Son inevitables. Algunas jugadoras crecerán a ritmos diferentes, otras tendrán

nuevas oportunidades, algunas familias tomarán otros caminos y los equipos necesitarán incorporar

talento.

Pero que los cambios sean parte de un proceso, no simplemente el resultado de volver a barajar las

cartas cada temporada.

  1. No escribo esto señalando a ningún club, entrenador o programa. Lo escribo como padre, como alguien

que ama el deporte y que ha visto todo lo bueno que puede producir en nuestros jóvenes.

Y precisamente por eso creo que vale la pena hacernos estas preguntas.

Queremos competir. Queremos ganar. Queremos desarrollar grandes atletas.

Pero ganar no debería ser contrario a desarrollar, construir identidad, crear comunidad y generar

pertenencia.

¿Cómo hacemos un equipo mejor este año?

¿Qué estamos construyendo para los próximos cinco años?

Porque los campeonatos eventualmente terminan. Las medallas terminan guardadas en algún lugar.

Pero pregúntenle dentro de diez años a una de estas niñas qué recuerda de su club. Probablemente

hablará de sus compañeras, de algún coach que creyó en ella, de los viajes, de las familias en las gradas

y de aquella sensación de ponerse una camisa y sentir que esos colores representaban algo.

Y quizás esa también sea una de las grandes victorias que puede alcanzar un club: crear

algo que sus atletas y sus familias no estén buscando abandonar cada agosto, sino un lugar

al que quieran seguir perteneciendo.

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